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// ENCUENTRO FILO 120 "LEGADOS, DEBATES Y DESAFÍOS"

PUBLICADO EL
25.11.2016
Discursos de apertura de Graciela Morgade y Américo Cristófalo

Dar cuenta de sí misma por Graciela Morgade

En nuestro primer encuentro de marzo presenté una panorámica de qué es Filo. No la voy a reiterar. Basta un recorrido atento por la página de la facultad, de cada uno de sus departamentos, institutos, museos, programas y áreas de trabajo, en sus cinco sedes, para tener una imagen de la vitalidad que late en la facultad.

Llegamos al congreso. 

El congreso está pensado, de alguna manera, como una invitación a que nuestra Facultad pueda "dar cuenta de sí misma". Nos proponemos producir manifestaciones colectivas; al expresarse, se transforman en un autoexamen. Un marco celebratorio que nos encuentra esta semana habiendo elegido qué mostrarnos, de qué hablarnos, cómo manifestarnos... no sin un cierto componente sacrificial, ya que muchas expresiones posibles quedaron de lado.  

Las conferencias y paneles interdisciplinarios, los trabajos libres, las mesas y los paneles, las muestras de fotos y videos, las actividades dirigidas a públicos diversos... operan como una suerte de "confesión" en el sentido foucaultiano. 

Porque si sabemos que Filosofía y Letras es una institución protagonista académica y política en el campo de las Humanidades en la Argentina, cabe hacernos algunas preguntas.

Existe un ethos de  Facultad de Filosofìa y Letras? Existe un "yo-comunidad" que nos reúne más allá de campos disciplinares, claustros o espacios políticos?.

Haber llegado a este día es sin duda un paso en dirección a responder ese interrogante. 

Si uno de los componentes del ethos de Filosofía y Letras es su tendencia a la endogamia y la fragmentación, con modos de producción académica que validan la competencia e impulsan los monólogos... este congreso se planteó, en algún sentido, como un desafío contracultural. 

La inauguración del congreso tiene un sentido performativo: estamos aquí, deshaciéndonos, de alguna manera, de nuestras identidades básicas y eligiendo con responsabilidad y autonomía aportar a un yo colectivo. Ya es un notable momento. 

Judith Butler cierra su libro "dar cuenta de sí mismo" con un párrafo memorable: "es necesario reconocer que la ética nos exige arriesgarnos precisamente en los momentos de desconocimiento, cuando lo que nos forma diverge de lo que está frente a nosotros, cuando nuestra disposición a deshacernos en relación con otros constituye la oportunidad de ser humanos. Que otro me deshaga es una angustia, claro está, pero también una oportunidad: la de ser interpelada, reclamada, atada a lo que no soy pero también movilizada, exhortada a actuar, interpelarme a mí misma en otro lugar y, de ese modo, abandonar el yo autosuficiente considerado como una especie de posesión. Si hablamos y tratamos de dar cuenta desde ese lugar, no seremos irresponsables o, si lo somos, seguramente se nos perdonará".   

Creo que en nuestra labor en Filo, ese otro que nos interpela en nuestra responsabilidad ética se ubica en registros diferentes. Elijo cuatro. 

Uno de ellos es el pueblo. La Argentina suscribió la Declaración de Cartagena de Indias que establece que la educación superior integra el derecho a la educación.  En "Filosofía y política de la Universidad" Eduardo Rinesi lo plantea con claridad. Dice Rinesi "que es, en primer lugar, un derecho de todos los individuos, de los ciudadanos (de todos los ciudadanos: los derechos, repito, son universales o no son): el derecho a estudiar en la universidad, que no puede ser reducido solamente al evidente derecho a ingresar a la universidad sin ser excluido de ella por ninguna circunstancia, sino que involucra también (por eso se trata de un derecho complejo) el derecho a recibir en ella una educación de la más alta calidad, a aprender, a avanzar en los estudios y a finalizarlos. Pero que es también un derecho de un sujeto colectivo, distinto y de otro orden que los individuos o que la mera suma de los individuos... es un derecho del pueblo, que tiene que poder apropiarse de los frutos del trabajo de las universidades... apropiándose del bien social que representa el conocimiento que producen esas universidades". Y este congreso es oportuno porque las  miradas y tendencias elitizantes, q nunca dejaron de existir, parecen validadas para volver a expresarse.  

Otro registro del otro de nuestra tarea es la juventud y nuestra responsabilidad frente a las generaciones jóvenes. La juventud que, sabemos, se especializa en perturbarnos poniéndonos frente al espejo de nuestras contradicciones y nuestras defecciones. Nos enseñó Simón Rodríguez que toda pedagogía es política y,  como afirma Jacques Ranciere en sus "cinco lecciones sobre la emancipación intelectual", la instrucción no se da, sino que se toma. La interpelación que nos hace la juventud hoy es a habilitar espacios para que esa inteligencia, que es igual en todos, todas y todxs, se despliegue y desarrolle en un sentido que profundice la justicia; justicia el propio discurso de la educación superior como derecho está habilitando. 

Hay otro que también nos interpela, la nación y América Latina, la Patria Grande. Los vientos neoliberales vienen  por los gobiernos populares con la misma receta repetida: apertura de mercados e incremento de la deuda externa, judicialización de la política, exclusión y desempleo. En nuestro campo además, como bien sostiene Adriana Puiggrós, una internacionalización de la educación superior que parece un preocupante ataque a la soberanía educativa más un fuerte intento de la homogeneización y mercantilización.  Y llegó Donald Trump. Un xenófobo y misógino proteccionista, que, paradójicamente como sostiene Atilio Borón, tal vez abra para América Latina "insospechadas oportunidades para romper la camisa de fuerza del neoliberalismo y ensayar otras políticas económicas una vez que las que hasta ahora prohijara Washington cayeron en desgracia".

El cuatro registro del otro que quiero nombrar es el contexto político nacional. Un Ministerio de Educación y Deportes que vuelve a instalar a la evaluación como fin y la meritocracia como vector de las políticas educativas, un presupuesto de ciencia y tecnología que va a impedir la continuidad del desarrollo de proyectos en curso y va a achicar de manera abrupta a las oportunidades de jóvenes en el campo de la investigación académica; una reducción presupuestaria para las universidades con una ley que establece diferencias en el sistema universitario que no se sostiene sino en una lógica de disputa particular y facciosa y en ese marco, un fiscal que la semana pasada denunció manejos fraudulentos en 52 UUNN. 

Son tiempos complejos.  Espero que estos 120 nos permitan manifestarnos en nuestras mejores tradiciones y profundizar la reunión, aunque sea por breves instantes... 

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Apertura Filo 120 por Américo Cristófalo

Es emblemático que la Facultad de Filosofía y Letras, quizá para recordar de dónde viene, para hacer materialmente visible su genealogía, haya recibido en uso el edificio de la calle 25 de Mayo en los años 60. Digo emblemático porque esa arquitectura pomposa, que medio siglo antes había formado parte del programa liberal de ornamentación europeísta de Buenos Aires, el Palace Hotel del centenario, es una imagen urbana de la misma política que en 1896, después de algunos intentos previos, funda la Facultad de Filosofía y Letras. 

Para nombrar las tensiones que van del ’80 al 900 y que culminan con la irrupción del yrigoyenismo, David Viñas usó la expresión “crisis de la ciudad liberal”. Viñas refiere un conjunto de tensiones al interior de las clases dominantes, la inserción agroexportadora de Argentina en el mercado mundial, las contradicciones entre el roquismo y la facción mitrista, los signos de conflictividad social alrededor de las políticas inmigratorias, los debates acerca del progreso y los modos de concebirlo. En ese contexto y por mediación de un decreto del presidente José Evaristo Uriburu se crea en ese año la Facultad; pocos meses después y con el mismo talante se funda el Museo Nacional de Bellas Artes y se nombra director a Eduardo Schiaffino. La Facultad y el Museo quedan separados por unas pocas cuadras, las que van de Viamonte y Reconquista hasta lo que actualmente es el edificio de Galerías Pacífico donde entonces fue emplazado el Museo. El propósito de establecer, en lo que después la historia literaria llamó Florida, una zona cercana al puerto cuyo objeto fuera dar lugar a las humanidades, la literatura y el arte, habla de lo que más tarde Ricardo Rojas, en La restauración nacionalista (1909) y en una breve conferencia pronunciada en 1921 en ocasión de los primeros veinticinco años de la Facultad, entendió como una larga e irresuelta querella acerca de la identidad cultural de la Nación. Rojas no admitía signos de progreso en el llamado utilitario de los ferrocarriles, el telégrafo, las comunicaciones y las técnicas de mercado. Para el liberalismo conservador argentino se había hecho necesario hacia fin de siglo promover las artes y saberes del espíritu. Apaciguadas las guerras civiles, concluidos los crímenes en el desierto, las humanidades venían ahora a postularse como instrumento de profesionalización de las élites letradas, las mismas que hasta entonces se habían limitado a intercambiar sellos y monedas en la Academia de Mitre o a entablar conversaciones gentiles y traducir la última novedad francesa en los salones. Se imaginó que esas humanidades contribuirían a pacificar y embellecer la ciudad, a corregirla, a subordinar la sombra deformante, el peligro que para la oligarquía había implicado la perturbadora vertiente inmigratoria; dicho de otro modo, las humanidades venían a coronar la vieja ideología de tradición colonial: Europa como metáfora del espíritu y América como encarnación de una materia desnuda que debía ser evangelizada, civilizada. 

Esa corriente fundacional, el momento en que la acción política reconoce una necesidad, un requerimiento de época y alcanza a darle forma institucional, no ha permanecido desde luego inmóvil en sus motivos y justificaciones, se ha transformado, incluso diríamos se ha transformado radicalmente, la historia de esas mutaciones es lo que hoy seguimos llamando Facultad de Filosofía y Letras. 

Conocer y pensar la historia de la Facultad, cómo se trama con la política nacional en sus momentos de entusiasmo y oscuridad, con la historia de la ciudad, con los sucesivos proyectos de modernización, el recorrido por la historia de sus disciplinas, de sus sedes, sus archivos, la biografía de sus actores y representaciones, su dimensión institucional, su organización administrativa, constituye uno de los propósitos declarados del encuentro que lacónicamente llamamos Filo 120. Ciento veinte años es la obviedad de una suma arbitraria, un número que no evoca siquiera la redondez de la centena, ni las mitades o cuartos que la costumbre secular promete a efemérides y calendarios. Por razones que van más allá de la arbitrariedad del número, venimos pensando hace ya dos años esta convocatoria: una reunión que quiere atravesar la frontera de las disciplinas sin disolver sus especificidades; una ocasión para poner en juego los legados y memorias de la Facultad, los conceptos, las prácticas y regulaciones que la constituyeron y la constituyen, pero una ocasión sobre todo para pensar el porvenir de las humanidades y las ciencias sociales en Argentina. 

Qué pueden decir hoy las humanidades acerca de los poderes hegemónicos, comunicacionales, culturales y económicos, de los poderes concentrados que dominan el escenario global, del impacto y los dispositivos que esos poderes fuerzan en la región, en América Latina, en el país, qué pueden decir acerca las determinaciones que restringen su lengua a una conversación endógena de especialistas y expertos. Qué pueden hoy decir públicamente sobre la historia de las democracias, sobre el vaciamiento y ahistoricidad de los lenguajes políticos, sobre la territorialidad de sus funciones, qué necesitan decir sobre sí mismas para ponerse en cuestión y poner en cuestión el lugar que ocupan en el mundo social contemporáneo y en el mundo universitario en particular. Qué pueden por ejemplo decir sobre el concepto de literatura, sobre el modo en que las literaturas se rinden al dictado de las corporaciones, de los procedimientos de canonización, de la adecuación al medio editorial y a las pautas de lectura que impone. Qué están obligadas a decir sobre el sistema educativo, sobre el concepto mismo de educación, sobre el derecho a la universidad, sobre la enseñanza y la virtualización de sus pedagogías y espacios, qué podemos decir sobre nosotros, profesores e investigadores, sobre nuestras prácticas y sobre la vida en la Facultad. Estas preguntas, situadas sobre la forma actual y el porvenir de las humanidades, vuelven a interrogar la idea de lo humano, la idea de los derechos del hombre y de los crímenes contra la humanidad en un tiempo en que los flujos del capitalismo global dañan la vida poniéndola bajo amenaza de totalización, de disciplinamiento y uniformidad. 

La institución actual de las humanidades, el papel que les incumbe, lo que todavía pertenece a su contacto con las humanidades clásicas, hacia adentro y hacia afuera de la Universidad, está todavía exigida como resguardo incondicional de soberanía y autonomía. Esas preguntas y premisas, en nada ajenas a la realidad política argentina del momento, no están necesariamente a la espera de pruebas positivas o compensaciones inmediatas, pero sí a la espera de un lenguaje que pueda enunciarlas en su consistencia, y que al hacerlo hable del compromiso y la responsabilidad declarativa a la que se ofrecen. En esas preguntas distinguimos muchas de las motivaciones y desdichas que afectan nuestro trabajo diario,  nuestra experiencia y expectativa de la Facultad de Filosofía y Letras.  

Quizá resulte conveniente escribir alguna vez una crónica de las conversaciones que mantuvo la Comisión Organizadora de Filo 120.  Surgieron ahí, en toda su variedad, las complejas realidades, registros y tradiciones que componen la Facultad, los lenguajes heterogéneos que la nombran, una tumultuosa invención de propuestas y actividades, de muestras y despliegues, de entusiasmos y distribución de intereses; una crónica de esas reuniones mensuales se vería ante la obligación de dejar testimonio de una voluntad y un trabajo colectivo dispuesto a representarse, a hacer de sí el teatro que concierne a sus actores. En ese relato habría que prestar atención a los modos en que se discutieron nombres, se convocaron voces, se recordaron lugares y fechas, se pusieron en movimiento acciones y objetos. Si tuviera que definirlas, diría que ahí escuchamos una versión posible de lo que es hoy la Facultad, de sus potencialidades, de su vitalidad institucional; diría que la Facultad se manifestó en la construcción de una política de generosidad, de hospitalidad, en lo que esperamos de ella. Una política que querríamos imprimir quizá a los días de Filo 120. Esta semana querríamos asistir antes que a unas jornadas de corte académico a un acontecimiento, con lo imprevisible y nuevo que solemos pensar alrededor de la palabra acontecimiento. Un acontecimiento que no dejaría sin embargo de abarcar el protocolo y el rostro de su condición universitaria. Aun a pesar de que sus textos y acciones están afortunadamente ordenados en un programa, a pesar de que la sola construcción de un programa hace imposible lo que pensamos como acontecimiento, lo imaginamos, deseamos su forma de apertura, su extensión inesperada. 

Evoqué el edificio de la calle 25 de Mayo para recordar que en esas líneas arquitectónicas arraiga el viejo espíritu que dio lugar a Filosofía y Letras; la Facultad atravesó lo que va de su creación al yrigoyenismo y la Reforma, y del peronismo a Frondizi en el edificio de Viamonte; el antiguo orfanato de la calle Independencia, su mudanza a Boedo, fue un momento de maduración de lecturas, de traducciones cruciales y de notables trasformaciones epistemológicas producidas con la Revolución cubana de fondo, el momento de las literaturas, del pensamiento y las antropologías latinoamericanas y, ya sobre los setenta, de las cátedras nacionales, del giro a la teoría crítica, las lingüísticas y el psicoanálisis, el momento de las grandes movilizaciones e insurgencias estudiantiles; la intervención y el terror del 76 encuentran a la Facultad en la zona del Clínicas, en el edificio de Marcelo T, donde comienza su restauración democrática. Toda esa vasta narración de sus dilemas históricos será tratada en detalle en la primera y en otras mesas de Filo 120. Desde hace casi treinta años, como cuando se habla de una casa donde se ha vivido o aún se vive, nombrándola por la calle, damos el nombre de Puan a la Facultad de Filosofía y Letras. Termino con una rápida mención a este nombre que trae hasta nosotros la figura de una fábrica de cigarrillos, que trae también una probable etimología mapuche. Puan viene a decir en esa lengua el plural de “fantasma”, de “alma de muertos”. La localidad de Puan se fundó al sur de la provincia de Buenos Aires en 1877 como guarnición militar; la llamada “División Puan” del ejército roquista intervino activamente en la violenta campaña de esos años. De un modo imprevisto, caemos en la cuenta de que con este nombre, por detrás del espíritu industrial del tabaco y de la inutilidad del humo, seguimos nombrando el fantasma de un episodio que ronda el origen de las humanidades porteñas, y que a mi izquierda tiene en ese mural su repetición trágica. Las palabras, los nombres postulan ese don de ocultamiento e iluminación. En estos días han comenzado las obras del edificio anexo de la calle José Bonifacio. Si bien José Bonifacio es una figura controvertida del proceso independentista de Brasil, muy probablemente en pocos años hablemos del nuevo edificio con ese nombre. Quisiéramos tomar de él en todo caso el sentido latinoamericano y emancipatorio que esperamos de nuestras humanidades. Ese horizonte de acontecimiento que quizá comience a suceder en la semana que llamamos Filo 120. Dicho esto, no me queda si no agradecer a todas, a todos los que trabajamos por este encuentro, darles una calurosa bienvenida, ofrecer y ofrecernos la amistad de la Facultad de Filosofía y Letras.  

 

 

 

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